Archivo de la categoría: protestas

estoy harta de

de cuello alto

Si es que ya no saben qué inventar.

Primero fueron, aquel invierno tan crudo, los jerseys de cuello alto, manga corta y ombligo al aire. Yo, que era joven e inexperta -y por aquellas tenía tipo para llevarlos- me compré un par de ellos, o tres.

No quiero ni acordarme del frío que daba aquello, madre mía. Los deseché pronto del armario, porque salvo raras excepciones soy una tía bastante lógica :), poco esclava de tendencias, y aquello no tenía ni pies ni cabeza. Además, odio los jerseys de cuello subido, me producen angustia.

Este verano -que ya llega, ya está aquí…- a los que les han subido el cuello es a los zapatos. Se ve cada cosa… Cuarenta grados a la sombra, caras congestionadas por el calor, y las criaturas con sandalias imposibles llenas de flecos, tobillo encasquetado en un armazón de sabe-dios-qué, chorreando sudor por las rendijas.

Si es que ya no saben qué inventar.

zapatos dedos

Anuncios

progresos

Mira que es costoso esto del progreso. O, mejor dicho, cuántas energías y recursos gastamos los seres humanos en esto de progresar, de comunicarnos, de compensar lo que la naturaleza nos ha negado.

Lo pensaba ayer en la nueva terminal 1 del aeropuerto de Barcelona. Que, dicho sea de paso, y a pesar de ser obra de mi admirado Ricardo Bofill, esperaba un poco más vistosa. Será que la T4 de Barajas ha dejado el listón muy alto.

Pues eso, que contemplando la inmensidad del edificio me entró una especie de pereza, y añoré aquel aeropuerto pequeñito de Galápagos, que no es más que cuatro pilares y un techado para dar sombra.

Cómo se complica el ser humano para conseguir algo que las aves hacen naturalmente. O, visto al revés, qué tenacidad y qué inteligencia, lograr a purito huevo lo que no nos ha otorgado el creador.

Lo mismo pensaba la semana pasada, cuando iba en mi pequeño Peugeot caminito de Santander. Al atravesar esos inmensos túneles de la autovía, con sus hormigones, sus sistemas de emergencia, sus luces.

Pensaba yo en la de horas de estudio que exigimos a unos señores para que sean ingenieros, a otros para que aprendan a instalar el sistema eléctrico… Que el túnel queda fenomenal, equilibrado, útil y seguro, pero las lombrices, o las hormigas o los topos hacen otro tanto ayudándose sólo de sus patitas y sus mandíbulas.

En fin. Es sólo un desbarre. Recurrente, eso sí. Que al final no sé si me puede el sentimiento de injusticia o el de orgullo.

De lo único que estoy segura es de que el resultado siempre merece la pena. Sobre todo, cuando al final del túnel o a la llegada a la terminal te espera el mejor paisaje, o los mejores amigos.

barca

como hace 100 años

Lo último que recuerdo de ayer es el sabor de unas trufas de chocolate caseras que tuve que comer deprisa porque se me deshacían entre los dedos. Luego, el sonido de las olas desde la cama, y nada más…

Después de dos días de menús excelentes preparados por los cocineros de más renombre de l’Empordanet, todos hombres, me sorprendió saber que el bocado más delicado había sido preparado una mujer sin nombre en la carta, la mujer del chef del hotel Aiguablava.

A mediodía me había sorprendido ya la textura imposible de un requesón preparado por otra mujer, otro plato sin más nombre de autor que el del pueblecito donde vive, Fonteta.

Por la tarde me había enamorado de un museo pequeño, abigarrado, donde otra mujer lleva toda la vida dedicada al mundo de las confituras.

Es sólo una anécdota. Pero parece que en la Costa Brava las cosas han cambiado poco desde hace 100 años, cuando se creó esta marca turística que hoy sigue sonando a carreteras sinuosas y calitas de arena blanca entre los pinos.

Lo primero que he escuchado esta mañana han sido las olas, de nuevo. Su sonido mezclado con el de los pájaros, que siempre madrugan más que nadie, vaya usted a saber por qué.

Ahora, justo mientras escribo esta línea, el sol se ha animado y sale a reflejarse en las primeras rocas, y acaricia las agujas de los pinos.

Y, a riesgo cierto de pareceros cursi, os contaré que me encanta despertarme así. En un lugar donde las barquitas esperan tranquilas a que sus dueños terminen el desayuno.

Donde las verduras todavía te explotan su sabor en la boca, y donde, al atardecer, las gentes se visten elegantes para encontrarse con una copa de cava.

Con portátiles, eso sí, para poder contarlo. Pero en una costa que ha sabido mantener su esencia. Despertarme como hace cien años, como siempre.

Costa Brava

turistas de primera y de segunda

En algunos países hay una práctica habitual cuya implantación no consigo entender y que, además, me china bastante.

Se trata de la tasa de entrada establecida en monumentos, parques naturales y otros atractivos turísticos de algunos países, que es más cara para los extranjeros.

Si vas, por ejemplo, a las islas Galápagos, sólo por pisar el aeropuerto habrás de pagar 100 dólares. Si eres ecuatoriano, en cambio, la tasa es mucho más reducida, creo recordar que de unos 10 dólares. Esto ocurre en muchos de los países de Latinoamérica y África.

Será que sus nacionales tienen menor poder adquisitivo que los visitantes, pensé. Pero claro, esta teoría se desmonta si es un ciudadano de Ruanda el que viaja a Argentina, por ejemplo. Y, al revés, si un islandés viene a España, debería de pagar más que un español. Porque en ningún caso te preguntan cuáles son tus posibles. Así que ese no debe de ser el criterio.

En cambio, si a los que viajan se les supone que tienen dinero suficiente y la medida pretende beneficiar la economía local, habría que implantarlo en todos los países, no sólo en los que están en vías de desarrollo, también en Europa. A la misma conclusión se llega si la intención es que los nacionales disfruten de su patrimonio más barato que nadie. ¿Por qué no se hace lo mismo en España?

No sé, lo mire como lo mire, no hay ninguna razón que me encaje para todos los casos. Así que lo único que puedo decir es que a mí me china profundamente la discriminación esa. Sobre todo porque siempre me toca el lado de los que pagan más.

Y donde ya no puedo contener la indignación es en los monumentos o enclaves en los que nuestro país financia el cotarro, a través de la prolífica e hiperactiva Agencia de Cooperación Española, que es como Dios, está en todas partes.

Que conste que me parece muy bien que financie las lechugas que comen las tortugas de Galápagos, pero digo yo que, entonces, a los españoles nos podían hacer un descuentito.

islas Galápagos

silencio

No me gusta el ruido.

sabor salao

en directo

tiananmen

Nos encontramos en la plaza de Tiananmen, en Beijing, el lugar más famoso de China después de la Gran Muralla. Qué ironía, que los dos me traigan imágenes funestas. El primero, porque es uno de los símbolos mundiales contra la represión y el segundo porque no puedo evitar pensar en cuántos habrán dejado su vida construyéndola.

Como en todas las grandes obras hechas por el hombre, imagino. Igual la Unesco debería teñir de rojo el símbolo de Patrimonio de la Humanidad. No sé.

Creo firmemente que la mayor obra de todas está por construir, y es intangible, pero los cimientos están ya escritos: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este es el enlace que millones de cibernautas como nosotros no pueden pinchar: http://www.un.org/spanish/hr/

Hemos venido hasta aquí para denunciar en directo la falta de libertad de expresión que sufren tantas personas en todo el mundo. Hoy, 12 de marzo, Día contra la Cibercensura, a favor de la Libertad en Internet.

Porque ellos no pueden hacerlo, os contaré que en 24 países del mundo se sigue aplicando la pena de muerte, casi siempre sin juicios justos. Aunque, por definición, es imposible que un juicio que acabe con la muerte del reo sea nunca justo. La mayoría de las ejecuciones se dan en Arabia Saudí, China, Estados Unidos, Irán y Pakistán.

Que, en todo el mundo, hay entre 100 y 150 millones de niños y niñas que viven en la calle, y la cifra va en aumento sin que parezca importarle a nadie.

Que en 31 países todavía se aplican los castigos corporales. Entre ellos, lindezas como las lapidaciones, violaciones, marcajes a fuego, latigazos… Y que la mayoría de las víctimas son mujeres y homosexuales.

Que la industria peletera hacina en jaulas a millones de animales que luego mueren gaseados, asfixiados, electrocutados o apaleados. En el caso de las focas su cráneo es aplastado a golpes y a muchas de ellas se les arranca la piel cuando aún están vivas, para que la piel quede perfecta para hacer un abrigo.

Y, aunque estas cifras las hayamos oído tantas veces que no nos afecten ya, os contaré que 25.000 personas mueren todos los días en el mundo como consecuencia del hambre y la pobreza.

No os torturo más. Os dejo con ‘Working on a dream’, de Bruce Springsteen. Hoy se ponen a la venta las entradas para los dos últimos conciertos de su gira española, los días 1 y 2 de agosto en Valladolid y Santiago de Compostela.

Raro final. Esto ha sido todo desde Tiananmen.