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progresos

Mira que es costoso esto del progreso. O, mejor dicho, cuántas energías y recursos gastamos los seres humanos en esto de progresar, de comunicarnos, de compensar lo que la naturaleza nos ha negado.

Lo pensaba ayer en la nueva terminal 1 del aeropuerto de Barcelona. Que, dicho sea de paso, y a pesar de ser obra de mi admirado Ricardo Bofill, esperaba un poco más vistosa. Será que la T4 de Barajas ha dejado el listón muy alto.

Pues eso, que contemplando la inmensidad del edificio me entró una especie de pereza, y añoré aquel aeropuerto pequeñito de Galápagos, que no es más que cuatro pilares y un techado para dar sombra.

Cómo se complica el ser humano para conseguir algo que las aves hacen naturalmente. O, visto al revés, qué tenacidad y qué inteligencia, lograr a purito huevo lo que no nos ha otorgado el creador.

Lo mismo pensaba la semana pasada, cuando iba en mi pequeño Peugeot caminito de Santander. Al atravesar esos inmensos túneles de la autovía, con sus hormigones, sus sistemas de emergencia, sus luces.

Pensaba yo en la de horas de estudio que exigimos a unos señores para que sean ingenieros, a otros para que aprendan a instalar el sistema eléctrico… Que el túnel queda fenomenal, equilibrado, útil y seguro, pero las lombrices, o las hormigas o los topos hacen otro tanto ayudándose sólo de sus patitas y sus mandíbulas.

En fin. Es sólo un desbarre. Recurrente, eso sí. Que al final no sé si me puede el sentimiento de injusticia o el de orgullo.

De lo único que estoy segura es de que el resultado siempre merece la pena. Sobre todo, cuando al final del túnel o a la llegada a la terminal te espera el mejor paisaje, o los mejores amigos.

barca

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como hace 100 años

Lo último que recuerdo de ayer es el sabor de unas trufas de chocolate caseras que tuve que comer deprisa porque se me deshacían entre los dedos. Luego, el sonido de las olas desde la cama, y nada más…

Después de dos días de menús excelentes preparados por los cocineros de más renombre de l’Empordanet, todos hombres, me sorprendió saber que el bocado más delicado había sido preparado una mujer sin nombre en la carta, la mujer del chef del hotel Aiguablava.

A mediodía me había sorprendido ya la textura imposible de un requesón preparado por otra mujer, otro plato sin más nombre de autor que el del pueblecito donde vive, Fonteta.

Por la tarde me había enamorado de un museo pequeño, abigarrado, donde otra mujer lleva toda la vida dedicada al mundo de las confituras.

Es sólo una anécdota. Pero parece que en la Costa Brava las cosas han cambiado poco desde hace 100 años, cuando se creó esta marca turística que hoy sigue sonando a carreteras sinuosas y calitas de arena blanca entre los pinos.

Lo primero que he escuchado esta mañana han sido las olas, de nuevo. Su sonido mezclado con el de los pájaros, que siempre madrugan más que nadie, vaya usted a saber por qué.

Ahora, justo mientras escribo esta línea, el sol se ha animado y sale a reflejarse en las primeras rocas, y acaricia las agujas de los pinos.

Y, a riesgo cierto de pareceros cursi, os contaré que me encanta despertarme así. En un lugar donde las barquitas esperan tranquilas a que sus dueños terminen el desayuno.

Donde las verduras todavía te explotan su sabor en la boca, y donde, al atardecer, las gentes se visten elegantes para encontrarse con una copa de cava.

Con portátiles, eso sí, para poder contarlo. Pero en una costa que ha sabido mantener su esencia. Despertarme como hace cien años, como siempre.

Costa Brava

Una lección de deportividad

Tarde de ayer. Estadio Ruiz de Lopera, Sevilla. Hasta la bandera. Tras una liga desaprovechada y más de cien minutos dependiendo de los resultados de otros partidos, Betis y Valladolid se jugaban la permanencia en primera a un solo gol. Cara o cruz. Tú o yo.

El empate a uno parecía imposible de romper por ninguno de los dos equipos pero, mientras el Pucela mostraba la misma descoordinación táctica que en toda la última vuelta, el Betis lo seguía intentando, dejándose la piel en cada balón. Misión imposible. A cinco minutos del final, sus aficionados lloraban ya desconsoladamente el descenso a segunda.

Cuando el árbitro dio los tres pitidos, aquello parecía un funeral. Sólo los 900 aficionados vallisoletanos daban saltos de alegría en la grada, mientras sus jugadores les agradecían el apoyo desde el centro del césped.

De pronto, contra todo pronóstico, a pesar de las lágrimas, a pesar de la injusta derrota, el Ruiz de Lopera enterito se unió en una ovación respetuosa a la fiesta de sus rivales, felicitándolos por la permanencia.

En ese mismo instante, en los bares de la capital castellana se hacía el silencio. Los aficionados pucelanos detenían un momento sus cánticos de victoria, pasmados y emocionados ante la actitud de suprema deportividad de la afición bética.

No hay duda. Por eso dicen que Sevilla tiene algo especial. Es por su gente.

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turistas de primera y de segunda

En algunos países hay una práctica habitual cuya implantación no consigo entender y que, además, me china bastante.

Se trata de la tasa de entrada establecida en monumentos, parques naturales y otros atractivos turísticos de algunos países, que es más cara para los extranjeros.

Si vas, por ejemplo, a las islas Galápagos, sólo por pisar el aeropuerto habrás de pagar 100 dólares. Si eres ecuatoriano, en cambio, la tasa es mucho más reducida, creo recordar que de unos 10 dólares. Esto ocurre en muchos de los países de Latinoamérica y África.

Será que sus nacionales tienen menor poder adquisitivo que los visitantes, pensé. Pero claro, esta teoría se desmonta si es un ciudadano de Ruanda el que viaja a Argentina, por ejemplo. Y, al revés, si un islandés viene a España, debería de pagar más que un español. Porque en ningún caso te preguntan cuáles son tus posibles. Así que ese no debe de ser el criterio.

En cambio, si a los que viajan se les supone que tienen dinero suficiente y la medida pretende beneficiar la economía local, habría que implantarlo en todos los países, no sólo en los que están en vías de desarrollo, también en Europa. A la misma conclusión se llega si la intención es que los nacionales disfruten de su patrimonio más barato que nadie. ¿Por qué no se hace lo mismo en España?

No sé, lo mire como lo mire, no hay ninguna razón que me encaje para todos los casos. Así que lo único que puedo decir es que a mí me china profundamente la discriminación esa. Sobre todo porque siempre me toca el lado de los que pagan más.

Y donde ya no puedo contener la indignación es en los monumentos o enclaves en los que nuestro país financia el cotarro, a través de la prolífica e hiperactiva Agencia de Cooperación Española, que es como Dios, está en todas partes.

Que conste que me parece muy bien que financie las lechugas que comen las tortugas de Galápagos, pero digo yo que, entonces, a los españoles nos podían hacer un descuentito.

islas Galápagos

las vacas de la India

Pues sí. Las vacas de la India son sagradas. Así que, como yo no me resisto a acariciar a todo bicho peludo que voy encontrando, y a los perros los tenía vetados porque no me dio tiempo de ponerme la vacuna de la rabia, lo primero que hice fue preguntar:

Aunque sean sagradas, ¿se pueden tocar?

Pues sí. Su privilegiada posición sólo les da derecho a que no las maten y a que no se las coman. Ahí termina todo. A las vacas de la India les encantan los mimos, como a cualquiera, y comen papeles por los suelos de las calles, o lo que se tercie.

Son bonitas de puro raras, con esas orejas enormes y una pequeña joroba de dromedario incompleto. Además, saben acostarse a dormir todas enroscadas, como sólo había visto hacer a los chiscos y sus congéneres.

En las calles de las ciudades indias, incluso en sus autovías, puedes encontrarte con casi cualquier cosa. Bicicletas, motos, rickshaws, peatones vestidos de mil colores, perros, cabras, coches, dromedarios, elefantes, camiones decorados con filigranas… Todos se mueven perfectamente coordinados a un ritmo endiablado, sin apenas espacio para circular, sin retrovisores casi, y a pitido limpio.

Eso sí, en cuanto aparece una vaca, la maraña de tráfico se para en seco, se hace el silencio, y hombres y animales esperan pacientemente a que la criatura termine de cruzar.

Ni un rasguño. Pero tampoco una caricia. Las vacas de la India están deseando que les den mimos. Y, cuando lo haces, se te quedan mirando embobadas, con esos ojos grandes, inmensos.

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dilemas gatunos

Ayer los chiscos estaban más raros que un perro verde que, en este caso, ya es decir. Se pasaron todo el día cuchicheando por las esquinas, ora distantes, ora mimosos. Me los encontré incluso de charleta con el pequeño Nazbatag, al que sólo acuden cuando el asunto es grave. Las hormonas, pensé.

Pero no. Al final de la tarde cantaron como jilgueros: el motivo de su desazón no era otro que un reportaje publicado en El País Viajero. Habían leído que en Taiwan y en Japón existen gato-cafés en los que los humanos pagan por estar con sus congéneres.

Son locales en los que los clientes apoquinan unos 10 dólares por hora, consumiciones aparte. Han de lavarse las manos con un jabón antiséptico y durante ese tiempo tienen derecho a acariciarlos, jugar con ellos, disfrutar de su compañía.

Al principio, desconcertados, no sabían si creérselo. Luego decidieron que les parecía bien. Y, más tarde, que era un caso claro de explotación gatuna. Cuando me lo contaron, los chiscos eran todavía un mar de dudas.

No os creáis, les dije. Esos gatos viven como dioses del antiguo Egipto, admirados, mimados, deseados. Puede que no tan bien como vosotros, pero mucho mejor que la mayoría de los que existen en el mundo.

No quise entrar en detalles, ni contarles que en China se comen a los pobres mininos a los que maltratan hasta morir, o que en este país, hasta hace no muchos años, tampoco tenían una vida precisamente fácil.

La reflexión pareció convencerles. A ellos les encanta que los acaricies y, cuando tardas en hacerlo, se ponen panza arriba en el suelo para llamar tu atención.

El resto del día les di ración extra de mimos, como queriendo compensar a todos los gatos que sufren en este mundo de humanos locos. Pero, mientras lo hacía, no pude evitar sentirme rara, como el que se va sin pagar un delicioso café.