el abrigo rojo

Desde que tuvo uso de razón, Adriana siempre pasó frío.

Es tan vital para ella que, mientras que otros asocian sus recuerdos a un olor, o a un color, ella nunca ha podido recordar los momentos importantes desvinculados de su temperatura. Una discusión calurosa sobre terrorismo en Córdoba, el frío gélido de aquella noche de san Juan tan triste, que se pasó enterita fumando en el balcón, el fuego abrasador de sus ojos en la nuca.

Así, en su afán por escapar del frío, Adriana se fue haciendo una experta en abrigos. Aprendió a distinguirlos y a disfrutarlos. Y los que más le gustaban eran siempre de color rojo.

A los tres años le compraron uno precioso, rojo oscuro, con doble botonadura y sombrerito a juego. El año en que dejó su ciudad para irse a estudiar, su madre la equipó con un inmenso chaquetón de peluche rojo con capucha, de esos que más que abrigarte te abrazan. Con su primer trabajo, Adriana estrenó también un abrigo rojo entallado, que todavía guarda en el armario por si un día necesita que su color intenso le ilumine la mirada.

Su abuelo, que había nacido en la cubana Cienfuegos, tenía un deseo preparado por si algún día le tocaba la lotería: ‘que donde yo viva nunca haga frío’. Y aunque tuvo poco tiempo para disfrutar de aquel gran hombre, Adriana guardaba dos cosas como un tesoro, una vaca que él le había dibujado a lápiz en un papelito, y la promesa de volver algún día al Caribe para quedarse.

Pero los días, y los años, iban pasando, y nunca lograba reunir bastantes pesetas -o suficiente valor- para el viaje definitivo. Llegó el euro y la vida se volvió más cara, y su sueño parecía cada vez más lejano.

Mientras, el dinero se iba sin querer, en calefacciones, en viajes cortos, y en comprar abrigos que la ayudasen a sobrellevar los inviernos. Pero siempre había una moneda para la hucha del patito, esa que le permitiría un día cumplir su promesa. Un año, cuando abril daba ya los últimos coletazos, Adriana vio en un escaparate un Dolce&Gabanna tan hermoso que le hizo olvidar por un momento todo lo demás. Tenía un diseño perfecto, su tela parecía flotar, y era de un rojo intenso. El abrigo más bonito que había existido nunca.

Desde aquel día, ponía el despertador diez minutos antes para poder verlo de camino al trabajo. Y cada mañana se juraba que esa tarde iría a probárselo. Así fueron pasando abril, mayo, y san Juan le trajo de nuevo su querido verano.

Agosto transcurrió deprisa, entre baños en Covachos y risas de amigos y, para cuando quiso darse cuenta, era hora de volver a casa. Pocas cosas habían cambiado. En el armario la ropa de otoño, gris, tan triste. Mirándola, recordó con nostalgia el abrigo que la había enamorado en primavera. Esta temporada otros lo habrán sustituido, pensó, qué mierda que todo vuelva a ser como antes.

Pero, sorpresa, algo había cambiado, la hucha del patito estaba casi llena. Quizá esté cerca el momento soñado, se dijo, y comenzó a hacer planes. Seguía levantándose pronto, pero ahora para detenerse en las ofertas de viajes que colgaban del cristal de una agencia pequeña, frente a su casa. Y cada noche buscaba en internet vuelos baratos a La Habana. Fue en una de esas cuando entró sin querer en ebay y se lo encontró. Allí estaba el Dolce&Gabanna que le había robado el corazón.

Cara a cara con sus sueños, Adriana tomó una decisión que nunca hubiese pensado. Fue al cuarto de baño, rompió el patito amarillo y se lió la manta a la cabeza. Cuba estará siempre esperándome, pensó, pero él no. Así que pujó y ganó, y a los cinco días estaba frente al espejo, probándose el abrigo más bonito que había tenido nunca. Le quedaba de cine, todo hay que decirlo.

Durante las semanas siguientes, no volvió a pensar en palmeras, ni en calor tropical, ni en piñas coladas, tan orgullosa iba con su abrigo nuevo. Notaba las miradas de admiración al pasear por las calles y se sentía como una princesa. Fue pasando septiembre. Octubre. Noviembre vino suave.

Y llegó diciembre. Las farolas lucían ya las primeras bombillas -de bajo consumo- y los papá noeles colgaban de los balcones. Una tarde, cuando salía de tomar un chocolate con porras, Adriana sintió una bocanada de aire frío en la cara. Se arrebujó en su abrigo rojo, pero no pudo evitar que el aire helado se le colase hasta las costillas.

Entonces se dio cuenta. De que había llegado por fin el invierno. De que su precioso Dolce&Gabanna no era suficiente. De que su hucha estaba vacía. De que debía retomar su sueño caribeño si no quería morir de frío. De que ya no le quedaba nada valioso con qué conseguirlo, salvo su adorado abrigo. Fue pensar en desprenderse de él y partírsele el corazón, pero Adriana sabía que a donde iba no podría llevarlo. Demasiado calor.

Así que, una tarde en que no paró de llover, abrazó por última vez el mayor tesoro que había tenido nunca, le hizo una foto con su cámara nueva y, sintiendo que se le desgarraban las entrañas, colgó el anuncio en internet. Y en todo el rato que duró el proceso, Adriana no pudo dejar de llorar.

mi-abrigo-rojo

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6 Respuestas a “el abrigo rojo

  1. Jo Ana qué belleza desprende este relato.
    A veces hacemos lo que sea por un sueño que…luego nos hace volver a la realidad, pero no te quiero mentir….esos primeros cinco minutos de haberlo logrado…..puff ¡qué fuerte!. Yo en todo caso seguiré luchando por encontrar….un abrigo rojo que me rodee con sus mangas, que me dé la sensación de calor y protección que busco. Un beso

  2. Cuando deseamos algo con tanta ansia se nos vuelve en nuestra contra,y le sueño se vuelve en pesadilla.Muy bonito el relato,te felicito.
    Besos

  3. Mi querida Ana. No estés tan triste. Si el invierno ya lo es de por sí, tenerte triste lo haría aún más. Abandonar ese abrigo era algo que tenías que hacer, ya te dije, hoy o mañana. No debes pensar en que no llevarás puesto ese abrigo nunca más, en que no lo tendrás esperando en el armario, sino en todos esos momentos que ha estado contigo. Recuerda siempre que conseguiste tener ese abrigo y que lo tuviste contigo el tiempo que debías tenerlo, ni un minuto más ni uno menos. Sólo podrás ser feliz si al recordarte a ti misma con ese abrigo piensas en un momento dulce y no en algo pendiente.

    Un besote y que te quiero.

  4. guau, como ese abrigo que mencionas, tus palabras me han abrazado con su calor, con tu ternura. felicidades, por estar ahí, por depararme estos momentos. bss

  5. Me parece muy bonito el relato… e imagino que se trata de una metáfora de algo, no sé si quizá de los sueños ansiados y conseguidos o no, de las metas forjadas, etc., pero ¿por qué el abrigo D&G no era de pronto suficiente? Yo siempre me hes entido plenamente feliz cuando he conseguido o se ha cumplido alguno de mis sueños…

  6. Cuando uno tiene algo tan deseado lo valora mas porque lo disfruto aun sin tenerlo. lo disfruto mirandolo probandoselo, y por fin teniendolo.
    yo cada vez que compro una camara esta se vuelve como un familiar vive cosas a mi lado y sufre en los viajes y tambien descansa y ve cosas hermosas, pero con el tiempo nace otra camara mejor y esa tan deseada pasa a un segundo plano, pero nunca las vendo es parte de mi y no puedo desacerme de ella la guardo y la mimo en mi recuerdo sienpre pienso que el dinero q me pueden dar no es suficiente para comprarla con su valor sentimental.
    Recuerda el D&G del principio ese q tanto te gusto algo tendra para que le sigas teniendo. un viaje pasa y se queda en el recuerdo el abrigo siempre estara en el armario fiel a ti.

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