por si queréis descubrirlo

Hammamet es un pueblo pequeño, de casitas blancas, frente al Mediterráneo. Oscar Wilde, Winston Churchill y mi admirado Frank Lloyd Wright lo descubrieron un día y desde entonces pasaban las vacaciones allí. Hoy, tantos años después, probablemente sea el más turístico de todo Túnez pero, aún así, os aseguro que no ha perdido ni una pizca de encanto.

A mí me gusta ir en invierno o en primavera. Entonces es un lugar absolutamente tranquilo, y tiene el mar más turquesa de todo el Mare Nostrum. En mitad del Golfo que lleva su nombre, a menos de una hora desde la capital, aquí el clima suave permite que viñedos y rosas se codeen con jazmines, naranjos y limoneros.

En cuanto llego a Hammamet, lo primero que hago es dejar la maleta en el hotel y escaparme a tomar un té a la menta con piñones y un dulce de miel en el café Sidi Bou Hdid, al lado del Fuerte Español que cierra su medina de juguete.

Suele haber pandillas de amigos fumando una sisha, parejas jóvenes que se miran tímidamente con deseo contenido, un par de ingleses octogenarios y, casi siempre, algún mochilero de pelo revuelto que intenta retener el momento garabateando algo en un papel. Tirada entre cojines de colores calientes, frente al mar, en su terraza se te pasa la tarde sin querer, mirando las barquitas de pescadores varadas en la arena.

playa-de-hammamet

Luego me encanta perderme por esas calles estrechas de casitas encaladas, de blanco que se vuelve añil dependiendo de la luz y puertas entornadas de turquesa brillante. Y captar con mi cámara, indiscreta, cualquier escena cotidiana a la vuelta de cualquier esquina.

A pocos kilómetros al sur de la villa se extiende la zona de hoteles, sobre una playa enorme no apta para los que odian las algas. Yashmine Hammamet, que significa jazmín, tiene un puerto deportivo nuevo y grandes hoteles blancos. Lo bueno es que, como están llenos de guiris que prefieren las piscinas y tunecinos que rara vez toman el sol, tienes toda la arena que quieras para ti solita. En diciembre no hace como para bikini, la verdad, pero no veáis qué delicia tumbarse al sol y dejar pasar las horas en silencio.

Los mejores hoteles, sin duda, el Lalla Baya, que parece de cuento, y Le Royal Hammamet. En Le Royal, cuando todavía era de la cadena Occidental, descubrí hace años lo que era el verdadero lujo. Se me antojó algo especial, no recuerdo qué, y le pregunté al camarero si era posible conseguirlo. Por toda respuesta me sonrió y dijo: ‘Aquí todo es posible’.

Muy cerca de Hammamet está Nabeul, capital de la artesanía de la zona, y famosa por sus naranjas. Nunca me pierdo su mercado de los viernes. Madrugo para coger un autobús blanco y rojo, de esos que tienen un revisor atrás que te vende el billete, como los había en Madrid cuando yo era pequeña.

Aunque mayoritariamente musulmán, la libertad religiosa y la igualdad de derechos para hombres y mujeres desde hace décadas -antes que en España-, hacen de Túnez el más abierto de todos los países árabes. Es un lugar barato, seguro y fascinante. Los tunecinos son extremadamente amables y casi todos hablan además francés, herencia de su pasado colonial, así que entenderse no supone ningún problema.

Son tan amables e inspiran tanto confianza, que la primera vez que mis padres viajaron allí me dejaron pagada una cena por adelantado en el mejor restaurante de Hammamet para cuando yo volviese, meses después. Y cuando volví no sólo respetaron su palabra sin papeles, sino que me trataron de auténtico mimo.

La comida es general es excelente. Especiada, aromática y de buena calidad, aún en los lugares más modestos. Lo único que encarece el presupuesto son las bebidas alcohólicas pero, a cambio, los zumos de naranja fresca son buenísimos y cuestan pocos dinares.

Túnez me cautivó como al maestro de la Casa de la Cascada, el primer día en que puse un pie allí, y desde entonces he vivido muchos momentos únicos en ese país querido. Un año, mi chico y yo nos escapamos en diciembre, hartos de celebraciones navideñas y, buscando un hotel que no tuviese cenas de nochebuena ni gaitas, acabamos en Hamammet.

Todo iba según lo previsto hasta el día 24. Cuando terminamos de desayunar, nos encontramos en el medio y medio del vestíbulo con un enorme pino que varios chavales se afanaban por decorar con espumillones raquíticos. Nos fuimos al centro, un poco decepcionados.

Al volver, por la tarde, encontramos sobre la cama una tarjeta que decía: ‘Si lo desean, los recogeremos en la puerta a las 7 de la tarde para asistir a la celebración cristina de la navidad’. Algo mosqueados por el cambio de planes, pero mucho más intrigados que otra cosa, decidimos ir.

A la hora prevista nos recogió un microbús blanco, destartalado, conducido por un musulmán que nos llevó en silencio a una zona de Hammamet que no conocíamos. Allí, en una calle oscura, detuvo el coche frente a una casita con jardín. Era un edificio modesto y encalado, con una pequeña cúpula, sin señal alguna que revelase su verdadero carácter.

Nos apeamos, sorprendidos, y esperamos en la puerta sin saber qué hacer. De pronto comenzaron a llegar otras personas de diferentes nacionalidades: dos alemanes mayores, una inglesa delgaducha, tres franceses, una familia de congoleños…

Entramos siguiendo la marea multicolor hasta descubrir que bajo la cúpula había una pequeña sala semicircular con algunos bancos, una cruz tallada en madera y muchas, muchas velas. Era un lugar pobre, escondido, semiclandestino, que hacía pensar inmediatamente en cómo debieron ser las reuniones de los primeros cristianos.

Un par de señoras repartieron papeles de colores con los textos de la liturgia escritos en todos los idiomas que conozco y alguno más, y enseguida comenzó la misa del gallo más auténtica que he visto en mi vida.

El momento culminante fue hacia el final, tras la consagración. De repente, se abrieron las puertas del jardín y entraron los componentes de un coro gospel de no sé qué país africano. Recuerdo sus potentes voces negras inundando la pequeña iglesia y todos los presentes completamente absortos con el inesperado espectáculo.

Ahora mismo lo escribo y se me pone la carne de gallina recordando ese momento.

Al acabar la celebración nos esperaba fuera el mismo chófer que, sin mediar palabra, nos llevó de vuelta al hotel. En la habitación nos encontramos otra sorpresa. Una casita de chocolate envuelta en celofán con una tarjeta felicitándonos la navidad y convocándonos para una cena especial a las diez.

Un poco más tarde, un modesto papá Noel nos daba la bienvenida a los seis o siete no musulmanes que nos alojábamos en el hotel. Me acuerdo de unas cestitas de hojaldre trenzado simulando mimbre, cargadas con bolitas de zanahoria a modo de naranjas, guisantes imitando manzanas y patatas talladas en forma de plátano.

Que los tunecinos eran amables y delicados ya lo sabíamos. Pero nunca hubiésemos esperado tanta dedicación ni tanto cariño para hacernos sentir como en casa. Tiene bemoles, nosotros que pensábamos haber escapado suficientemente lejos. Fue emocionante, de verdad.

Ese día comprendí que la navidad no son unos turrones ni unas bolas brillantes, ni un pavo relleno, ni siquiera una fiesta con los que quieres. Aunque os parezca pueril, hasta ese día no vi claro que la navidad es en realidad la magia que surge cuando las personas dejan salir lo mejor que llevan dentro y lo comparten con los demás. Y esa magia, claro, no entiende de lugares, ni de idiomas ni, por supuesto, de religiones.

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4 Respuestas a “por si queréis descubrirlo

  1. Ay Ana me has encogido el alma…en el año 1990 estuve vertiginosamente en Tunez y en Hammamet, pero no pude ni mucho menos captar todo lo que se desprende de tu relato. ¡Qué bonito nos lo has contado!
    Sí, tienes razon, la navidad es magia….sobre todo porque es dar, compartir y sentir…Gracias por recordarmelo en estas Navidades que para mi se antojaban un poco más…”dificiles”. Un besote.

  2. Qué bonita crónica Ana, me ha encantado. Conozco Túnez y en concreto Hammamet, imagino que como dices, porque se ha convertido es un típico destino turístico. También me gustó mucho, aunque fue un viaje demasiado turístico con mis padres hace bastantes años, en un intento fallido de “reajuntarse” tras llevar varios años divorciados. No obstante, el viaje fue bonito y me enamoré de otro pueblo, al que creo que proponen como excursión hoy en día a casi todo el mundo (pero por aquel entonces no), que es SidiBusaid (que quizá tb conozcas), un pueblo todo blanco y turquesa de ambiente bohemio, que descansa sobre acantilados y con maravillosas vistas al mar desde cualquiera de sus ángulos y calles. Me enamoré tanto de aquel pueblo que con 16 años me juré a mí misma que algún día volvería con el hombre de mi vida. Curiosamente aún no he vuelto… Y es una idea recurrente que nunca olvido, una cuenta pendiente que aún tengo con la vida. Un beso fuerte…

  3. No conozco Tunez,pero desde hace tiempo ha sido un lugar recomendado por amigo que han estado allí,y despues de leer tu experiencia tan mágica en dicho lugar me has acabado de convencer.Besos mágicos..

  4. Sí, iñaki, tienes que ir y cuando vayas, si te surgen dudas ya te cuento lo que quieras, que lo conozco bastante bien, te va a encantar

    Ita, Sidi Bou Said sigue precioso, y el café de las Esteras esperándote… 😉

    Y me alegro mucho, winnie, de haber puesto al menos un puntito positivo en tus navidades. Es difícil a veces, pero sabes que nos tienes a todos por aquí si se te pone cuesta arriba algún momentillo, úsanos

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