exactamente siete años

Tal día como hoy, hace exactamente siete años, estaba en la isla canaria de Tenerife. Estábamos. Éramos tres compañeros de trabajo, tres amigos, que hacíamos el mejor equipo que haya existido en trabajo alguno. Habíamos planeado el viaje durante meses. Los tres solos, sin parejas, cuatro noches.

Miramos varios destinos, y al final nos decidimos por Canarias porque yo, que no había ido nunca, estuve dándoles la tosta con que quería un sitio calentito. En ese viaje descubrí que en las islas afortunadas puede hacer tanto frío y llover tanto como en cualquier lugar, sobre todo si es noviembre y lo más que llevas es una cazadora vaquera. (Siete años después me acabo de enterar que desde entonces mis dos amigos me consideran gafe, hay que joderse).

Elegimos un hotel con régimen de todo incluido, cerca de la Candelaria. Tanto tiempo después, creo que sigue siendo el todo incluido más cutre que he visto, pero lo que nos reímos durante aquellos días tampoco he podido superarlo en ningún otro viaje. Qué decir de aquellas salchichas color rosa fucsia de la parrillada especial. Tengo la foto colgada en el corcho del pasillo, y cada vez que paso por allí me parto recordándolas.

Eso, sin contar el peor café que haya probado, que eso sí que ya es mérito. Mira que el café es malo de por sí en toda la isla, con ese sabor a agua desalada en la que parece que hubieran mojado un calcetín sucio. Pero es que el del susodicho hotel superaba todos los límites. Como indicador, os diré que me pasé los tres últimos días sin tomar café, yo que muero por él.

Cada mañana salíamos para visitar algún lugar de la isla. Un día, con cochecito blanco de alquiler, para compras y esas cositas en el Puerto y en Santa Cruz. Otro en autobús, conociendo pueblos desangelados del interior de la isla. El que amaneció mejor nos fuimos al sur, yo a quitarme un poco el mono de sol en la playita mientras ellos me esperaban tomando cañas en el chiringuito de al lado. La verdad es que me cuidaban mucho. Recuerdo salir del agua y encontrármelos esperando con la toalla. 🙂

En ese viaje hubo de todo, incluso un cabreo monumental que nos tuvo de morros unas cuantas horas. Se habían empeñado en ir a las Teresitas, una playa artificial de arena dorada que hay en el noreste. Y yo que no, que playas de ésas tenemos a cientos en la península, que mejor una negra. (Una de mis imágenes preferidas es la de la espuma blanca en contraste con esa arena, que de puro bonita parece falsa. La tengo en papel, así que me perdonaréis que ponga una que he encontrado).

playa-negra

Las noches eran de lo más animado. En el hotel tenían una sala llena de sillas blancas de terraza y un escenario desde donde los animadores intentaban que el personal se soltase. Huelga decir que aquello parecía una convención del Imserso, sólo que en plan guiri, con más nacionalidades que la misma ONU. Nosotros tres bajábamos la media de edad en lo menos cuarenta años. En la parte de atrás del salón, una barra llenita de bebidas de marcas y colores indefinidos en la que lo único medianamente reconocible era la sidra. Así que cada noche pedìamos una botella por barba por aquello de afrontar mejor las coreografías desde la silla de terraza. Qué risas, dios mío.

Cuando terminaba el magno espectáculo bajábamos a tomarnos la penúltima a un pub de un alemán, pequeño, muy cuco (el pub, no el alemán) que tenía cortinas de flores, buena música y luz tenue. Su dueño había llegado a la isla un día de vacaciones y, como tantos, ya nunca había vuelto a casa.

Y cada madrugada nos íbamos a dormir rendidos, encantados. De verdad que fue un viaje inolvidable y -lo supe después- irrepetible.

La última noche sucedió algo que me cambió la vida. Lo siento, no quiero describir la escena ni desvelar cuál fue el escenario, porque son dos cosas que sólo él y yo sabemos. Sólo diré que fue el momento más intenso de mi vida y que, por muchos otros que viva, seguramente no habrá ninguno como el de aquella noche.

Al día siguiente mi carga de adrenalina era tal que podía con las ojeras de hora y media mal dormida en cama ajena. Menos mal que yo nunca deshago la maleta más que lo imprescindible y a la hora de recoger acabo enseguida. Lo que no era disimulable era mi nariz, que parecía un poema de puro roja. Mira que me lo advirtió. Es lo que tienen los chicos que se afeitan a diario, que a las tres de la mañana aquello pica que se mata. Y es lo que tiene el deseo, que anestesia cualquier otra sensación hasta que es demasiado tarde.

La vuelta a casita fue un periplo de aeropuertos y transbordos que terminó con nuestros huesos -muchos refrigerios, muchos chaquetas rojas y muchas horas después de lo previsto- en un mercedes último modelo, con un chófer que no se callaba ni debajo del agua, caminito de Valladolid, todo por cortesía de Iberia, que estaba que lo tiraba.

Y me recuerdo, como siempre, deseando que los desajustes aéreos alargasen más y más el periplo. No lo puedo evitar, me pasa en cada viaje, siempre deseo ser víctima de un overbooking que me deje unos días más por el morro en algún paraíso tropical, o que una huelga de pilotos alargue imprevistamente la estancia o me sorprenda con un cambio de itinerario.

El lunes volvimos al trabajo felices. Y mi vida ya nunca fue lo mismo, gané un compañero de vida y de viajes.

Hoy hace, exactamente, siete maravillosos años de aquello. Y quiero dejarlo aquí escrito, aunque el relato sea incompleto y no haga justicia a un momento tan especial. Porque, a pesar de que luego han pasado otros muchos instantes mágicos y muchas aventuras compartidas, aquel fue uno de esos momentos que, por sí solo, justifica toda una vida.

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4 Respuestas a “exactamente siete años

  1. El relato no ha quedado incompleto, nos lo has contado todo (aunque no hayas querido entrar en detalle) y aunque a veces he creido leer entre líneas cierto “desencanto”, leyéndote ahora celebro, que, pasados siete años sigas describiendo aquel momento con tanta nitidez y que el recuerdo de ese viaje permanezca en el presente. No sé si te habrás dado cuenta, pero destilas AMOR por cada porito de la piel!!!!! Eres, un encanto asocial!!!! jajajajaja

  2. Sí desde luego desbordas AMOR.Estoy contigo optimista.Oye Ana…no pierdas nunca la capacidad de ver magia…de vivir la magia…eso no te permitirá nunca que “el instante desaparezca”. Un momento compartido que justifica toda una vida!…..vale, me quedo con ello.Un beso

  3. Me encanta como recuerda cada detalle de aquel viaje, si es que lo que da sentido a nuestras vidas son esos pequeños detalles que hace que esbocemos una sonrisa, que se nos estropee el día o que se nos quede una mueca de desoncierto congelada en el rostro. Besos.

    PD: Winnie, te exijo que te crees un blog. :____

  4. Hola, mi pichurritina

    Recuerdo la primera vez que me contaste ese viaje y esos detalles que aquí ocultas. Y reconozco que todos nos enamoramos con tan sólo leerlo, ya ni te cuento si lo viviésemos. Y estoy seguro de que no hace falta que escribas estas palabras para que queden para la posteridad y recordarlas cuando quieras, porque siempre tendrás esos momentos mágicos en la cabeza. Y siete años ya… claro, es que ya hace cuatro años desde que me lo contaste. Vaya como pasa el tiempo guapa!!

    Por cierto, ¿cuándo nos vamos un finde a un todo incluido en Túnez o en las Islas? Me apetece muchísimo y me has dado mono.

    Un besote.

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