meriendas

Llevo una hora escuchando a mis compañeros de trabajo hablar de recetas de cocina y -mi estómago sigue por el horario de verano- me estoy poniendo malísima. Puestos a pensar en cosas ricas, se me ha ido la cabeza inmediatamente a las meriendas, ésas delicias de infancia que solemos descuidar al hacernos mayores.

Los primeros recuerdos que tengo son borrosos, de muy pequeña. Pero no puedo olvidar un pan del horno de leña de casa con tocino de color rosa clarito. Lo comía mientras jugaba al aire libre, en plan salvaje, entre las gallinas y los huertos que tenían mis abuelos en Pol, la aldea donde pasaba las vacaciones. De postre, fresas que cogía yo misma o ciruelas japonesas de mi árbol, donde Padrino me había hecho un columpio de cuerda y madera, que se llevó el ciclón Hortensia para siempre.

Pero lo mejor eran esas tardes en que acompañaba a mi abuelo a segar la hierba para las vacas. Al ir hacia el regadío me llevaba montada en su carretilla de madera vacía. Mientras él trabajaba con la guadaña, yo jugaba con las flores y me rebozaba en el prado, empapándome de ese olor a hierba recién cortada como no hay otro. Me gustaba mucho comerme el interior de los brotes tiernos, y calculaba que de mayor abriría un restaurante y cobraría a precio de oro las ensaladas de tal exquisitez.

A media tarde, un pitido inconfundible anunciaba la llegada de la furgoneta del panadero, y Padrino me compraba una barrita blanca, poco cocida. Os juro que es el pan más rico que he comido en mi vida y que desde entonces no hago sino buscar por el mundo algo que se le acerque.

En casa de Madrina, mi otra abuela, las meriendas eran pura lujuria azucarada: bocadillos de pan con nocilla, chocolate gordito marca Exprés de ése ‘de hacer’, que tenía un negrito dibujado en el envoltorio, e incluso leche condensada con colacao espolvoreado por encima. De postre, una manzanilla bien dulce y una bolsa de pipas facundo. Y todo eso llegaba como por arte de magia, sin moverte del sillón y con un libro de aventuras o un cómic rescatado del fallado (así llamamos allí a la buhardilla). En fin, un placer.

Durante el curso, a la llegada del colegio, lo suyo era un bocadillo de cualquier cosa pegada al televisor, viendo V, aquella serie de lagartos y humanos, o la que tocase, tampoco había mucho donde elegir.
Un poco más adelante, las mejores meriendas eran las de las tardes de domingo en casa de mis padres. Según fuese verano o invierno, mamá optaba por una tabla de quesos y patés con distintas clases de panes o por una chocolatada con dulces variados. Todo casero y todo alrededor de la mesa camilla. Nos poníamos las botas, la verdad.

Pasó la infancia y las meriendas fueron pasando también. Ya mayorcita, las últimas consistían en una barra de pan blanquito, mortadela con aceitunas y novela de Agatha Christie, manjares que repetía casi a diario. Al terminar una bolsa de pipas. Facundo, por supuesto.

Años de clases y trabajo por las tardes, miedos a la báscula, obligaciones adultas, fueron acabando con esa costumbre tan chula. Y hasta hoy. La semana pasada, un amigo me dio envidia contándome lo bueno que estaba el colacao con noséqué que estaba merendando y volvieron los recuerdos. Desde entonces aún no me he animado pero, con el hambre que estoy pasando ahora mismo, seguro que esta tarde cae algo.

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7 Respuestas a “meriendas

  1. Me has hecho recordar muchas cosas. Y ¿el pan con aceite? Yo recuerdo que durante unos dias fui en la ruta al colegio. Duramos dos días porque siendo 9 hermanos (yo la pequeña) se decidió que nos llevase mi madre porque pagar comedor y ruta era una pasada. Y esos días los recuerdo con rebanada de pan con aceite envuelto en papel albal….qué delicia. Luego recordé el chocolate con picatostes que preparaba mi madre en nuestras fiestas caseras de cumpleaños…ahora lo que se lleva son las piscinas de bolas y la hamburguesa…bueno me has hecho recordar y como dice un amigo mío…recordar es volver a vivir. Un beso Ana.

  2. Una vez más te leo y me parece que evocas mis propios recuerdos, los más queridos y añorados para mí, los de mi niñez. Nunca he sido tan feliz como entonces y creo de hecho, que nunca volveré a vivir momentos tan absolutamente deliciosos como aquellos… Cuando hablas de Pol, supongo que es del de Lugo y entonces yo, que soy gallega ,me siento más cerca todavía de ti y cierrro los ojos y soy capaz de imaginarme perfectamente a tu abuelo, la carretilla, la azada, el bocadillo de panceta… yo recuerdo los de chorizo de casa, los de queso de tetilla y alguna vez, en plan lujo los de mantequilla con azúcar o con colacao por encima!!! Yo que también libaba los brotes de las flores del trébol y recuerdo el sabor dulce de ese néctar y sé a qué sabía ese pan poco hecho me tomaré esta noche mi leche con Cola-Cao con grumitos y mi bocata de Nocilla a tu salud!!!!!!!!!

  3. Uno, que en el fondo es un nostálgico empedernido, siempre que desayuna y merienda en casa pan de molde con nocilla. Me parece un acto casi místico eso de sentarme en un taburete de la cocina y mirar por la ventana mientras saboreo tan exquísito y la vez asequible manjar.

    Me hace gracia cuando mi padre me echa en cara que no le hago justicia a mis origenes: soy segoviano y no me gusta el cochinillo, soy medio portugués y he vivido 7 años en Oporto y tampoco me gusta el bacalao. En fin, rarezas de uno.

    Besotes nostálgicos, Ana.

  4. despiertas en nosotros recuerdos, abres la caja de Pandora de los archivos, recuerdo el vaso de quina santa catalina con una galleta para las ganas de comer, recuerdo el pan con chocolate y el pan frito de las mañanas, recuerdo los bocadillos de leche condensada cocida y el cacao AMA muy bueno con su caja azul.
    Hoy es el día que sigo cociendo al baño María un bote de leche para untarlo en pan.
    bueno voy a merendar…

  5. mmmm

    es verdad, doodo, esa leche condensada cocida, se me olvidaba… a ver cuándo nos comemos un bote a medias

    winnie, me encanta haberte hecho recordar, también tú a mí. qué recuerdos los picatostes y los desayunos envueltos en albal

    y no, optimista, ese Pol no es de Lugo, pero sí es gallego, has acertado. yo ya sabía que tú lo eras, porque nadie más que nosotros manda besiños 🙂

    reijkavik, no sabía que habías vivido en Oporto, cómo me gusta esa ciudad. tienes que contarnos algún día cómo es desde dentro

    besiños

  6. pienso que el pan con nocilla es el recuerdo universal para toda una generación. se acabaron las meriendas, se acabó esa infancia. me has despertado hambre y añoranza, y eso es mucho…

  7. maddriz, que sepas que me encanta haber despertado eso en ti
    y me encanta haber despertado también tus ganas de escribir de nuevo, aunque de momento sea sólo un pequeño comentario. Todo se andará… 😉

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