perdiendo la vergüenza

El otro día, en una serie española que me tiene enganchada, uno de los personajes decía algo así: ‘Charlemos, de lo divino y de lo humano. Comencemos con lo divino y dejemos para el final lo humano, que siempre es lo que verdaderamente importa’.

Creo que tiene razón. Lo más importante suele ser también lo más humano. Otras veces no, pero eclipsa. A riesgo de parecer superficial diré que hay detalles tan, tan humanos que no soporto y considero suficientes como para dar al traste, si no con una amistad profunda, sin duda con el amor más encendido.

Más de una vez se me ha pasado de golpe el arrebato pasional cuando he visto al objeto de mi deseo eructar al estilo Hommer Simpson, o no lavarse las manos después de, o dar un recital -multitudinario- de uso del siempre humilde mondadientes.

Por supuesto, lo que no concibo no es la humanidad de los detalles en sí -faltaría más- sino la falta de pudor con que se extraen del ámbito más privado. Ése que, a mi entender, en estos casos debería coincidir exactamente con el personal.

Ya imagino que cada cual tendrá su opinión y que lo que a mí me parece antilujuriante a otros les puede parecer un signo de confianza e incluso de complicidad absoluta. Claro, todo es relativo y los límites del buen gusto más que nada.

Una de mis mejores amigas suele referirse a su chico como ‘éste’, pero a él parece no importarle lo más mínimo. Conozco a otra pareja que dedica las tardes muertas a hacer competiciones de gases sonoros y os aseguro que se tiran por el suelo de la risa. También hay quien considera que, si no hay invitados a la vista, lo mismo da mesa que pesebre.

He presenciado discusiones de pareja cuyos términos no me atrevería a repetir ni en este blog. Y, aunque parezca increíble, no sólo no terminan en ruptura, sino que parecen no resentir la relación. Hay otras faltas de respeto menos escandalosas, como fisgar en agenda ajena o abrir la puerta del cuarto de baño de par en par cuando no nos han invitado.

Es que no puedo, lo prometo. No es por no compartir. Me encantan las duchas a dos y soy fan de intercambios de flujos varios, incluidas las chocolatinas derretidas y las más variadas prácticas sexuales. Tampoco es por repugnancia. Os aseguro que ya he visto (y hecho) guarrerías para toda una vida. Igual que haría con todo el amor cualquier tarea engorrosa por alguien a quien quiero.

Simplemente me parece que por mucho amor o flujos o años de convivencia que comparta una pareja hay otros límites que nunca deben traspasarse, al menos no gratuitamente. Ya no para salvaguardar la magia, sino para no perderse el respeto, que es la base de cualquier relación medianamente seria, digo yo.

En fin, que quizá no sea tan importante, no sé. Ni siquiera tengo claros los criterios que definen esos límites. El problema es que los prejuicios socio-educativo-culturales-loquesea hacen complicado hablar de esto con claridad y a veces es más fácil dejar escapar el amor, humano y divino, aunque ése sí sea el que importa de verdad.

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P.D. Seguro, si alguien que me conoce lee esto, encontrará enseguida mil cosas que hago yo y le resultan insoportables. Si es mi amigo, le agradeceré mucho que me ilustre de alguna manera incruenta (como a través de este blog) y, si es posible, de forma anónima, para que no deje de hablarle de pura vergüenza.

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6 Respuestas a “perdiendo la vergüenza

  1. No es que sea muy exigente en ese aspecto pero hay dos cosas con las que no puedo: una, que dejen la tapa del retrete levantada y la otra, las manifestaciones pseudo-orquestales a base de gases variados.

    Besos permisivos Ana.

  2. Pues hoy te contaré algo gracioso que he compartido con poca gente porque cada vez que me acuerdo me doy una pena tremenda y yo, si hay algo que detesto dar es pena. Después de terminar una relación de años con alguien hace ya mucho tiempo me confesó que no soportaba ver cómo echaba ketchup a la hamburguesa!!!! Sería incapaz de describir lo que hago, la verdad, no es nada sofisticado pero sí, seguramente propio de mí. Qué pobre mío, cuánto sufrió en silencio!!!!

  3. Llevo diez minutos partiéndome de risa pensando en cómo echarás el ketchup, mi optimista preferida 😀
    Algún día, cuando nos conozcamos, que estoy segura de que nos conoceremos, tendremos que ir a una hamburguesería para que me hagas una demostración en directo.
    Y gracias, mi fiel Reikjavik, qué haría sin tus comentarios, que siempre rompen el vacío del folio en blanco y siempre me hacen pensar. A ti, ya lo sabes y si no te lo digo, también tengo muchas ganas de encontrarte algún día y darte un abrazo

  4. se me olvidaba: si por casualidad volvéis a pasar por aquí no dejéis de ver el vídeo nuevo que he colgado en este post, es que me lo pasaron más tarde pero es…

  5. jajajaja me ha encantado el video!!!!! Menos mal que hace un año me hice un láser total y ya me puedo reir con tranquilidad!!!! jajajajaja
    Otra cosa, no te rías de lo del ketchup guapa que tengo un trauma… jajajaja con lo que a mí me mola el doble bacon burger… hace AÑOS que no lo cato en compañía!!!! jajajajaaaaaa es que a palo seco, sin ketchup se me atraganta!!!! jajaja

  6. optimista, ya me contarás qué es eso del láser total, porque llevo una semanita… 😀

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