de Otavalo a Guayaquil

La primera vez que vi la escena me quedé pasmada: qué coordinación, dios mío, que sincronía de movimientos perfectamente ensayados; para sí las quisieran los planes de evacuación de los grandes rascacielos. Eran las ocho de la tarde de un día como hoy, en la calle Preciados de Madrid. Alguien daba una señal, y una veintena de pequeños puestos callejeros desaparecían a la velocidad del rayo, justo tres segundos antes del paso de la policía local.

Hoy los vemos en cualquier ciudad española, con sus pañuelos de colores y sus chales sobre esas sábanas blancas de esquinas mágicas. Siguen siendo unos maestros en el arte de escapar, pero ya nadie les presta atención cuando lo hacen. La costumbre.

La mayoría son ecuatorianos, aunque muchos de sus productos lleven el inconfundible aroma made in china. Si no tengo prisa, suelo pararme a preguntar algún precio (me encantan, ya lo sabes, blueyes, que no me resisto) y acabo charlando un poco con el vendedor y preguntándole de dónde es. ‘-De Ecuador. -¿De qué parte?’. Dudan antes de responder, como si intuyesen inútil la precisión. ‘De un pueblo pequeño, Otavalo’. Entonces, pongo la mejor de mis sonrisas. ‘Qué lugar tan bonito, lo conozco’. Y de premio recibo otra sonrisa.

Al principio me engañaba pensando que lo hacía por verlos sonreir. Sé muy bien lo que significa estar lejos, y lo reconfortante que resulta que te hablen de tu casa. Pero hace tiempo me di cuenta de que quien tiene morriña soy yo, de una tierra que me conquistó para siempre.

Otavalo es un pueblo pequeño en los Andes, muy cerca de Quito. Se ha especializado en artesanía y todos los viajes organizados incluyen una excursión de medio día hasta allí. En realidad, es uno de los pocos lugares del país donde se pueden encontrar chaquetas de ésas de colores infinitos que te alegran el frío andino. Muchas mujeres aún visten a diario con la ropa típica de las cholitas, y llevan collares de mil vueltas, de cuentas pequeñas de cristal y oro. Cuanto mayor y mejor situada la mujer, más vueltas y más finas las cuentas.

Incluso aquí en Otavalo, uno de los puntos más visitados del país, los turistas son escasos y los vendedores, extremadamente amables, conservan el candor de quien aún no ha entrado en la vorágine del mundo moderno. Es así en todo Ecuador, aunque los habitantes de la cordillera tienen poco que ver con los de la costa.

parque-guayaquil_1Bastantes kilómetros y muuuuuuchas horas de carretera más al sur se encuentra Guayaquil, una ciudad que me tiene enamorada. No sabría decir por qué.

Está en la costa del Pacífico, pero no tiene playas, y el agua que la rodea es de color chocolate.

Sus calles, perfectamente dispuestas en cuadrícula como en todas las ciudades americanas, son un entramado de cables y tráfico desordenado. Y, salvo el nuevo Malecón 2000 y cuatro ‘cuadras’ más, se ven sucias y pobres.

No sé. Guayaquil tiene algo. Empezando por un nombre que, de puro bonito, despierta los sentidos. ¿O no?

Serán sus jugos de frutilla, que así llaman a la fresa, o el calor espeso y húmedo (que me encanta), o serán sus gentes, orgullosas de una ciudad que en los últimos años está haciendo un esfuerzo grande por progresar.

Lo que nunca perdono es una visita al parque Seminario, justo al lado de la catedral. Recuerdo que cuando lo leía en la Lonely Planet pensaba que imposible, que no podía haber un lugar así. Está llenito de iguanas que se pasean tranquilamente al sol y se dejan acariciar, mimosas, cerrando los ojos.

Anuncios

3 Respuestas a “de Otavalo a Guayaquil

  1. Me encanta descubrir lugares desconocidos aunque sea a través de un programa de televisión o de una entrada como la tuya. A finales de diciembre estate atenta porque como cumpliré mi sueño de conocer Islandia, plasmaré mis impresiones sobre ese país tan misterioso y desconocido a mi vuelta a Dinamarca, donde pasaré las navidades.

    Besos trotamundos.

  2. Espero impaciente a que llegue diciembre y nos lo cuentes.
    Mira, tengo que presentarte algún día a mi amigo Doodo, que es también un enamorado de esos países helados y misteriosos y tiene fotos chulísimas sobre auroras boreales y fríos varios.
    Ten cuidado, porque a él le afectaron los fríos, se enamoró por allí y se quedó a vivir.
    De todas formas, también sabrás que tenemos un amigo común fascinado por esos lares que lo mismo se te apunta al viaje…
    Ay, qué les veréis a esos sitios, con tanto trópico como hay por el mundo 🙂

  3. Lo sé, este viaje lo haré con mi primo Ernesto que es el que vive en Dinamarca, pero ya tengo planeado un par de viajecitos con ese asturiano que tú y yo conocemos (codazo disimulado, guiño)

    Besos viajeros, Ana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s