un añito

Desentrenada, tanto que ni recuerdo cómo se maneja el editor este de wordpress, entro por casualidad en el blog de los Chiscos y descubro que hace justo un año del último post.

La ocasión parece demasiado exacta para no aprovecharla, así que dejo estos tres párrafos, sabiendo que no los leeréis, mis queridos amigos blogueros, a los que hace tanto que no sigo.

Pero aquí queda dicho, negro sobre blanco, que seguís teniendo un puesto de honor en nuestras vidas. Por tantos momentos buenos, por tanto compartido. Voy a ver si os sigo la pista. Un beso.

verano

Después de tanto tiempo de no poder dedicar un rato a recorrer la blogosfera como dios manda; desacostumbrada ya a escribir con los chiscos; me cuelo aquí de puntillas.

Para que no se diga que en el blog de los chiscos no existe el verano, que es lo que más nos gusta en el mundo.

En este mes de fiestas, playas y homenajes gastronómicos al aire libre. Aunque desde la meseta castellana -que este año se niega a ser también tórrida- se eche de menos el olor a nivea…

A ver si va a ser verdad esto de la crisis. Sigue sin haber dónde aparcar, y las terrazas y los bares están llenos. No sé, quizá agosto nos regale por fin las calles vacías, esas que tanto me gustan.

Lo que está claro es que, si julio fue bueno, agosto será mejor, porque va a comenzar con un concierto -o dos, ya veremos- del Boss, y luego pienso hacer visitas a mis amigos, aunque sean cortas, cenitas varias, y seguro que más de una escapada a la playa.

Después de mil años hoy inauguran la autovía que une la meseta con Santander -qué gusto, estoy deseando estrenarla- y, por si fuese poco, la última semana me voy a dedicar íntegramente a mi verdadera vocación: darme a la piña colada en una playa caribeña…

No me digáis que no pinta bien la cosa. Cómo no me va a gustar el verano!

Un beso a todos. A los que estáis ya a remojo y a los que no. A los que ya habéis vuelto morenos y a los que aún estáis eligiendo bronceador (ah, no, que ahora se dice protector solar 😀

perrito en alentejo

Chisco, columnista

Ya está. Llevaban mucho tiempo sintiéndose tentadas de dar el salto, y por fin lo han hecho. Los Chiscos se han lanzado al periodismo de viajes.

Para ser exactos, ha sido Chisco -Clyde es más tímida- la primera que se ha estrenado con una columna en Expreso.

No podía dejar de contároslo. Sobre todo porque, que yo sepa, es la primera vez que un gato colabora en un diario. Y ella dice que no será la última 🙂

Aquí la veis, toda chula, a la derecha de la portada. Si queréis leerla, no tenéis más que pinchar.

Chisco en Expreso_1

de cuello alto

Si es que ya no saben qué inventar.

Primero fueron, aquel invierno tan crudo, los jerseys de cuello alto, manga corta y ombligo al aire. Yo, que era joven e inexperta -y por aquellas tenía tipo para llevarlos- me compré un par de ellos, o tres.

No quiero ni acordarme del frío que daba aquello, madre mía. Los deseché pronto del armario, porque salvo raras excepciones soy una tía bastante lógica :), poco esclava de tendencias, y aquello no tenía ni pies ni cabeza. Además, odio los jerseys de cuello subido, me producen angustia.

Este verano -que ya llega, ya está aquí…- a los que les han subido el cuello es a los zapatos. Se ve cada cosa… Cuarenta grados a la sombra, caras congestionadas por el calor, y las criaturas con sandalias imposibles llenas de flecos, tobillo encasquetado en un armazón de sabe-dios-qué, chorreando sudor por las rendijas.

Si es que ya no saben qué inventar.

zapatos dedos

progresos

Mira que es costoso esto del progreso. O, mejor dicho, cuántas energías y recursos gastamos los seres humanos en esto de progresar, de comunicarnos, de compensar lo que la naturaleza nos ha negado.

Lo pensaba ayer en la nueva terminal 1 del aeropuerto de Barcelona. Que, dicho sea de paso, y a pesar de ser obra de mi admirado Ricardo Bofill, esperaba un poco más vistosa. Será que la T4 de Barajas ha dejado el listón muy alto.

Pues eso, que contemplando la inmensidad del edificio me entró una especie de pereza, y añoré aquel aeropuerto pequeñito de Galápagos, que no es más que cuatro pilares y un techado para dar sombra.

Cómo se complica el ser humano para conseguir algo que las aves hacen naturalmente. O, visto al revés, qué tenacidad y qué inteligencia, lograr a purito huevo lo que no nos ha otorgado el creador.

Lo mismo pensaba la semana pasada, cuando iba en mi pequeño Peugeot caminito de Santander. Al atravesar esos inmensos túneles de la autovía, con sus hormigones, sus sistemas de emergencia, sus luces.

Pensaba yo en la de horas de estudio que exigimos a unos señores para que sean ingenieros, a otros para que aprendan a instalar el sistema eléctrico… Que el túnel queda fenomenal, equilibrado, útil y seguro, pero las lombrices, o las hormigas o los topos hacen otro tanto ayudándose sólo de sus patitas y sus mandíbulas.

En fin. Es sólo un desbarre. Recurrente, eso sí. Que al final no sé si me puede el sentimiento de injusticia o el de orgullo.

De lo único que estoy segura es de que el resultado siempre merece la pena. Sobre todo, cuando al final del túnel o a la llegada a la terminal te espera el mejor paisaje, o los mejores amigos.

barca

como hace 100 años

Lo último que recuerdo de ayer es el sabor de unas trufas de chocolate caseras que tuve que comer deprisa porque se me deshacían entre los dedos. Luego, el sonido de las olas desde la cama, y nada más…

Después de dos días de menús excelentes preparados por los cocineros de más renombre de l’Empordanet, todos hombres, me sorprendió saber que el bocado más delicado había sido preparado una mujer sin nombre en la carta, la mujer del chef del hotel Aiguablava.

A mediodía me había sorprendido ya la textura imposible de un requesón preparado por otra mujer, otro plato sin más nombre de autor que el del pueblecito donde vive, Fonteta.

Por la tarde me había enamorado de un museo pequeño, abigarrado, donde otra mujer lleva toda la vida dedicada al mundo de las confituras.

Es sólo una anécdota. Pero parece que en la Costa Brava las cosas han cambiado poco desde hace 100 años, cuando se creó esta marca turística que hoy sigue sonando a carreteras sinuosas y calitas de arena blanca entre los pinos.

Lo primero que he escuchado esta mañana han sido las olas, de nuevo. Su sonido mezclado con el de los pájaros, que siempre madrugan más que nadie, vaya usted a saber por qué.

Ahora, justo mientras escribo esta línea, el sol se ha animado y sale a reflejarse en las primeras rocas, y acaricia las agujas de los pinos.

Y, a riesgo cierto de pareceros cursi, os contaré que me encanta despertarme así. En un lugar donde las barquitas esperan tranquilas a que sus dueños terminen el desayuno.

Donde las verduras todavía te explotan su sabor en la boca, y donde, al atardecer, las gentes se visten elegantes para encontrarse con una copa de cava.

Con portátiles, eso sí, para poder contarlo. Pero en una costa que ha sabido mantener su esencia. Despertarme como hace cien años, como siempre.

Costa Brava

ya sé cómo funciona el juego

Esta canción me tiene enganchada.

Me gusta lo que dice:

Y pasa el tiempo y, mientras pasa, considero que es una falta de respeto y un engaño tan ruin, que cuando al fin ya sé cómo funciona el juego, se me acaban las monedas, ironías de vivir…

Y me gusta cómo lo dice porque, lejos de hacerme sentir pesimista, su ritmo me anima a aprovechar cada minuto, a beberme la vida a sorbos grandes, a saborear los tragos pequeños.

Esta semana he comprobado, de nuevo, que una dificultad objetiva es mucho menos poderosa que un buen estado de ánimo, por muy subjetivo que sea.

Que la adrenalina que produce trabajar a tope en lo que te gusta es el alimento más energético, mucho más que el amor, o que el dolor.

Que saborear cada minuto no alarga la vida, pero la hace mucho más intensa…