Lo último que recuerdo de ayer es el sabor de unas trufas de chocolate caseras que tuve que comer deprisa porque se me deshacían entre los dedos. Luego, el sonido de las olas desde la cama, y nada más…
Después de dos días de menús excelentes preparados por los cocineros de más renombre de l’Empordanet, todos hombres, me sorprendió saber que el bocado más delicado había sido preparado una mujer sin nombre en la carta, la mujer del chef del hotel Aiguablava.
A mediodía me había sorprendido ya la textura imposible de un requesón preparado por otra mujer, otro plato sin más nombre de autor que el del pueblecito donde vive, Fonteta.
Por la tarde me había enamorado de un museo pequeño, abigarrado, donde otra mujer lleva toda la vida dedicada al mundo de las confituras.
Es sólo una anécdota. Pero parece que en la Costa Brava las cosas han cambiado poco desde hace 100 años, cuando se creó esta marca turística que hoy sigue sonando a carreteras sinuosas y calitas de arena blanca entre los pinos.
Lo primero que he escuchado esta mañana han sido las olas, de nuevo. Su sonido mezclado con el de los pájaros, que siempre madrugan más que nadie, vaya usted a saber por qué.
Ahora, justo mientras escribo esta línea, el sol se ha animado y sale a reflejarse en las primeras rocas, y acaricia las agujas de los pinos.
Y, a riesgo cierto de pareceros cursi, os contaré que me encanta despertarme así. En un lugar donde las barquitas esperan tranquilas a que sus dueños terminen el desayuno.
Donde las verduras todavía te explotan su sabor en la boca, y donde, al atardecer, las gentes se visten elegantes para encontrarse con una copa de cava.
Con portátiles, eso sí, para poder contarlo. Pero en una costa que ha sabido mantener su esencia. Despertarme como hace cien años, como siempre.
